Homilía del Segundo Domingo de Cuaresma

El Evangelio de la Transfiguración del Señor, que se lee en este Segundo Domingo de Cuaresma, finaliza con estas palabras: “No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. (Mt 17,9)

La Transfiguración es un evento notable en la vida de Jesús. Fue precisamente cuando subió al Monte Tabor a orar que fue glorificado por el Padre. Es uno de los pocos momentos en que el Padre habla. Normalmente es Jesús quien habla al Padre o se dirige a él; en cambio, esta vez, es el Padre quien habla, de la misma manera que lo hizo cuando tuvo lugar el Bautismo en el río Jordán. Y vino una voz desde la nube, que decía: “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle.” (Lk 9:35).

En el pasaje del Evangelio de hoy, tiene lugar una transformación externa extraordinaria, casi un “éxtasis”, cuando se oye la voz Padre. El rostro de Jesús cambia de apariencia y sus vestidos se vuelven resplandecientemente blancos. De esta manera el Señor fue envuelto exteriormente por la luz de Dios y por su poder. Todo esto fue acompañado también por la aparición gloriosa de Moisés y Elías quienes conversaban con Jesús acerca de lo que iba a suceder en Jerusalén: su paso a través de la Pasión y la Cruz, coronado por la Resurrección y Ascensión al cielo. La Transfiguración en el Monte Tabor es, en un cierto sentido, una anticipo de este pasaje glorioso.

Jesús fue glorificado ante los ojos de Pedro, Santiago y Juan, quienes de este modo participaron en el carácter beatífico de la Transfiguración del Señor. Esto se deduce de las palabras de Pedro: “Maestro, es bueno estar aquí” y de lo que luego añadió: “Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” (Lk 9:33). La presencia de estas dos figuras importantes de la sagrada historia indirectamente señala a Jesús como el cumplimiento de las expectativas que tanto Moisés como Elías proclamaron en el Antiguo Testamento.

¿Por qué la Iglesia nos presenta el Evangelio de la Transfiguración del Señor al principio de la Cuaresma? Esta pregunta puede contestarse si nosotros recordamos que el período penitencial de cuarenta días que llamamos Cuaresma es para nosotros los cristianos un tiempo de preparación para la celebración de la Resurrección de Jesús. La Transfiguración de Cristo en el Monte Tabor es una preparación para su Resurrección. Inmediatamente después del Tabor, de hecho, Jesús fue con sus Apóstoles a Jerusalén a enfrentar su Pasión y su Cruz. La Pascua fue una experiencia fundamental para los Apóstoles. Cristo casi se transfiguró ante sus ojos como para anticiparles esta experiencia. Hablando de su Pasión y de su Cruz, Jesús siempre agregó: “y en el tercer día el Hijo del Hombre será resucitado” (cf. Lk 9:22). En la Transfiguración, este anuncio se convirtió en una visión de cómo sería el cuerpo de Cristo después de la Resurrección: sería un cuerpo glorioso. El Padre, en su providencia, así preparó a los Apóstoles para la dura experiencia de Semana Santa. Es como si quisiera decir: ustedes serán testigos de los terribles sufrimientos de mi Hijo, testigos de su muerte en la Cruz. ¡Pero no se desanimen! Todo esto terminará con la Resurrección.

La Transfiguración del Señor es una señal especial del plan de salvación de Dios revelada a lo largo de la vida, muerte y Resurrección de Cristo. Escribiendo a los Filipenses en este espíritu, San Pablo les exhortó a que imitaran el ejemplo de Cristo, es decir, a superar la hostilidad de la Cruz imitándolo a él, para estar listos para aceptarla, sabiendo por la fe que precisamente en la Cruz está la esperanza de la Resurrección y el mensaje de salvación. “Nosotros somos ciudadanos del cielo,” escribe el Apóstol y añade: “de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas” (Fil 3:20-21). La Transfiguración del Señor precisamente es una señal de este poder divino que entró en la historia humana con la venida de Cristo. Tiene el poder de transformar la humanidad a semejanza de Dios, el poder de divinizar la humanidad. La transfiguración del Señor es una señal y un símbolo de este poder de Dios.

El Evangelio no sólo es palabra de verdad divina, es el poder de Dios que se revela en la santificación del hombre y de todos su ser, esto es, cuerpo y alma, a través de la gracia de Cristo. En el primer día de la Cuaresma, cuando recibimos sobre nuestras cabezas la cruz con cenizas, oímos estas palabras: “Recuerda que eres polvo y que al polvo volverás” (cf. Gn 3:19). Ésta es una verdad obvia sobre el cuerpo humano que está sujeto a la muerte y a la corrupción. Ante esta verdad obvia, Cristo da testimonio de la realidad de la Resurrección. Cristo resucita; de esta manera revela que nuestros cuerpos mortales igualmente serán llamados a compartir de esa gloria que se reveló en su cuerpo.

El Evangelio de la Transfiguración del Señor, proclamado al principio de la Cuaresma, muestra que cada sacrificio que hagamos durante este tiempo está dirigido hacia la transfiguración de nuestra humanidad, hacia su elevación en Dios. Ciertamente, en la resurrección futura nuestro cuerpo mortal va a compartir la Resurrección de Cristo y su gloria.

“Yo creo que contemplaré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes” (PS 26 [27]:13). La perspectiva de salvación indicada por el Evangelio de la Transfiguración encuentra un eco viviente en este salmo. Este salmo habla de las cosas buenas que vienen a nosotros de Cristo glorificado. “La tierra de los vivientes” significa precisamente contemplar a Dios cara a cara. Y el Salmo sigue aún con más énfasis: “El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? . . . La profunda convicción de que la humanidad es llamada a la contemplación eterna de Dios y a la visión de su gloria, le permite al hombre superar su miedo natural a la muerte y a la destrucción de su propio cuerpo que ésta implica. El salmista dice: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es el baluarte de mi vida, ¿ante quién temblaré?” (Ps 26 [27]:l). En el contexto entero de la liturgia de hoy esto se podría explicar como sigue: no hay ninguna razón real por la cual el hombre deba temer la destrucción de su propia humanidad por la muerte corporal. De hecho, el mismo Dios protege en Cristo la vida que él le ha dado al hombre, y quiere que él comparta su propia vida divina. De ahí se sigue la última exhortación del Salmo: “Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor” (Ps 26 [27]:14).

Así este segundo domingo de Cuaresma contiene un mensaje especial de esperanza: es una exhortación dirigida a nosotros que somos débiles a ser fuertes en la vida. En su Transfiguración, Cristo nos da una señal: él nos llama a tener esperanza en la resurrección y en la vida eterna proclamada por su Misterio Pascual.

“El Señor es mi luz y mi salvación”. Nuestra patria está en el cielo. ¡Amén!